EN SERIO, RAGAZZI
No vayáis a Nápoles
¡Despertad hermosuras, es hora de brillar! Llega un nuevo día y en el mundo de los mortales reina la paz. Pero eso no durará. Mirad, fijaos bien: tiro de este diminuto hilo y todo su mundo se deshace en el caos, glorioso caos.
Esas palabras que utiliza Eris, la Diosa griega de la discordia, la disputa, la envidia y el conflicto, al comienzo de Simbad, la leyenda de los siete mares (Dreamworks, 2003) podrían servir para introducir una película sobre la ciudad de Nápoles. Una ciudad genuina, fascinante y radical cuya esencia nace precisamente del caos. Compramos los vuelos una noche de fiesta, todavía fascinados por Parthenope y È stata la mano di Dio, con el deseo de ver con nuestros propios ojos esa autodestrucción tan atractiva, la belleza de Virgilio, Caravaggio, Sorrentino y Sophia Loren.
Los romanos conocían esa región como la Campania Felix. Felix podría traducirse en latín de dos formas. La primera como feliz, alegre, afortunado… y efectivamente, había pocas tierras a lo largo y ancho de los dominios de Roma que fueran más dichosas y afortunadas que la Campania y el Golfo de Nápoles. Pero felix también significaba en latín fértil, abundante en dones de la tierra, y así es como eran estas tierras, gracias a su tierra volcánica. Una tierra que era célebre por el vino, el garum (la salazón de vísceras de pescado muy apreciada en la época) y los objetos de lujo que se dedicaban a comerciar los miles de ciudadanos llegados de todas partes del imperio. La bahía de Nápoles, amenazada y a la vez bendecida por la enorme mole del Vesubio, era una tierra rica.
En qué términos se puede describir la costa Campania, que ella misma no sugiera con su dulzura gloriosa y celestial, si no es dejando constancia de que existe una región en la que la naturaleza se ha empleado con la más amable de sus caras. Ese tonificante clima, saludable y moderado a lo largo de todo el año, las fértiles llanuras, las soleadas colinas, los remansos claros en los bosques, las arboledas tan umbrías, las laderas rebosantes de viñedos con sus gloriosos ponches y vinos, famosos en todo el mundo.
Con esos halagos la definía Plinio “El Viejo”, militar e intelectual romano. Plinio murió en el año 79 después de Cristo, al inhalar gases tóxicos a los pies del Vesubio, adonde había acudido para investigar la gran erupción que acabó con Pompeya y otras ciudades de las faldas del volcán. Es gracias precisamente a su sobrino, Plinio “El Joven”, que conocemos con detalle los eventos de la catástrofe. En unas cartas que envió a su amigo, el historiador Tácito, Plinio describe las últimas horas de su tío y su huida de la región en medio del caos reinante.
Después de describir su visión de la nube negra sobre la montaña (entonces no se conocía la existencia de los volcanes) con “un aspecto y una forma que recordaba a un pino, más que a ningún otro árbol, porque se elevaba como si se tratara de un tronco muy largo y se diversificaba en ramas”, cuenta Plinio El Joven que su curioso tío, tras volver de una expedición en barca a la costa más cercana al volcán en compañía de su criado: “Cenó alegremente o, lo que todavía es más digno de admiración, fingiendo estar alegre. Mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios. Mi tío, para excusar el miedo, decía que se trataba de hogueras hechas por campesinos fugitivos o villas abandonadas que ardían”. Me recuerda al señor que se hizo famoso por decirle a su familia “hay tiempo de comer sin problema” mientras bajaba una colada de lava del volcán de La Palma. Debe ser que vivir a los pies de un volcán te confiere una calma superior, budismo volcánico.
Plinio “El Joven” huyó con su madre y presenció la visión apocalíptica: “muchos creían que era la última noche del mundo. A mí me consolaba, en mi mortalidad, la idea de que todos y todo acababa conmigo”. Plinio “El Viejo” se quedó en su villa y lo encontraron muerto de asfixia al regresar. Quién mejor para describir esta tierra que dos tipos que vivieron en ella con el mayor de los gozos y murieron de la forma más horrible.
Creo que de alguna forma, los cinco amigos que hemos hecho este viaje hemos saboreado la misma belleza catastrófica que describen los Plinios. Hemos vivido la experiencia napolitana completa, no sólo porque hemos pateado durante siete días la ciudad, la Isla de Ischia, las ruinas de Herculano y Pompeya y el cráter del Vesubio, porque hemos probado todos los platos y dulces característicos o porque nos hemos mezclado y relacionado con los napolitanos, gracias a que Enrique habla italiano perfecto, sino porque nuestro viaje ha coincido con un acontecimiento histórico para la ciudad: la cuarta victoria del Nápoles en primera división. La cuarta en sus cien años de historia, la segunda en los últimos tres años y, antes de esa, hace treinta y tres años, con el napolitano adoptivo más querido y santificado de la historia como capitán del equipo: Diego Armando Maradona. Una fiesta absoluta a la que todo el mundo estaba invitado y que duró tres días con sus tres noches –igual que la erupción del Vesubio.
Ganar la liga para los napolitanos es algo superior a lo que puede sentir cualquier otro equipo y esto tiene una explicación. En Nápoles no se sienten del todo italianos. Después de un pasado glorioso durante la era romana y cuatrocientos años de prosperidad bajo el reinado español, Nápoles entró en un lento declive que acabó sirviendo como caldo primigenio para la Camorra, que continuó dominando hasta hace prácticamente quince años. A los reinos del norte de la península itálica, que estaban en bancarrota y tenían deudas por toda Europa se les ocurrió promover la “unificación de Italia” a mediados del XIX, aprovechando esta debilidad del sur y la enorme riqueza que todavía conservaba.
Garibaldi, Vittorio Emanuele y otros pillos que terminaron convirtiéndose en héroes nacionales, acabaron imponiendo en Nápoles sus costumbres y su lengua, el vulgar florentino, considerado un idioma de prestigio por ser el utilizado por Dante y Petrarca, del que desciende el actual italiano. Pero Nápoles se resiste aún hoy a perder su identidad y su dialecto, que aún se habla en muchos rincones del golfo. Hay una plaza importante en la que los nuevos regentes plantaron una estatua de Dante, como símbolo de la lengua que ahora debían adoptar, y os aseguro que a nadie le importa el poeta más que las heladerías de leche búfala, las tiendas de libros usados o las pandillas de chicos y chicas morenísimas, adueñándose de las columnatas, con ese desparpajo que da ganas de pertenecer a su clan.
Por eso, si cuando aterrizamos la ciudad se estaba vistiendo de azul y blanco para preparar su inminente victoria, el sábado la ciudad entera explotó en una fiesta de la que era imposible sentirse ajeno, como esos amigos que te lían y te lían para que no se apague la llama del sábado noche (o el domingo mañana). Todo el mundo estaba obligado a celebrar la victoria de Nápoles sobre Italia.
Es difícil describir el grado de euforia que se sentía, quizá igual que cuando Plinio describe la huída por las calles de la ciudad: la gente gritando y moviéndose frenéticamente en todas direcciones y el fuego rojo de las bengalas iluminando la noche. Dos horas después de la victoria ya nos sabíamos el himno del Nápoles y nos dejábamos arrastrar por un río de gente en dirección a algún lugar de celebración mayor al que por suerte nunca llegamos.
Tuvimos cuatro guías en Nápoles, cada uno de ellos un personaje bien definido, con sus muletillas y gestos característicos. El primero nos enseñó la ciudad; se llamaba Ciro, licenciado en historia y filología hispánica –no hablaba español como para haber estudiado una carrera, pero era resolutivo. Tenía una risita nerviosa muy entrañable que utilizaba como mecanismo de supervivencia. El segundo nos enseñó el subsuelo de Nápoles (acueductos, cloacas, catacumbas, refugios) y no era para nada napolitano; tenía rasgos de indio o pakistaní y nos hizo el tour con su acento de inglés saltimbanqui, característico de esta gente. Su frase preferida era “guys, no kidding”, para enfatizar ciertas curiosidades históricas especialmente violentas o escatológicas. La tercera fue la guía del cráter del Vesubio; una señora mayor, arrugadita y menuda que nos miraba por encima de las gafas e intentaba sin éxito pero con empatía hablar en español. Era como una personificación del volcán diseñada por Estudio Ghibli. Su tour fue tan breve, unos cinco minutos, que nos hizo sospechar que el volcán estaba a punto de entrar en erupción. El cuarto fue el guía de Pompeya, un arqueólogo al que se le notaba un cierto hastío por repetir lo mismo todos los días, pero con buenos chistes y momentos puntuales en los que parecía volver a sentirse fascinado por las comodidades del mundo romano. “Enserio, ragazzi” era una frase que utilizaba a menudo para que nuestra imaginación no se derramara del lado de la ficción, algo puede ocurrir con frecuencia en Pompeya cuando no eres capaz de asimilar la cantidad de restos arqueológicos que te rodean y te retan a imaginar cómo eran hace dos mil años. “En serio, ragazzi, no-ven-ta-y-tres bares en toda Pompeya. Estos romano les gustaba mucho beber el vino”.
Nápoles es un conjunto de decadencias que acaba creando una unidad estética. Las calles son estrechas, lo que crea una especie de microclima de oscuridad y vapores concentrados en todo el centro. Al andar por las calles, que casi siempre están llenas de gente, se suceden tantos olores distintos que no hay tiempo de asquearse o deleitarse con ellos; el aroma a albahaca de una margherita de muestra sobre una silla en la puerta de una Trattoria, una cloaca desbordada, un señor con prisa que lleva tres días celebrando la victoria, el olor casi omnipotente de los hornos de pizza, la orina –que quizá sea un concentrado del resto de olores...
Las paredes están desconchadas, repintadas y vueltas a desconchar y todas las casas y edificios, especialmente en los barrios altos y el barrio español (llamado así por la reforma urbanística iniciada por el virrey Don Pedro de Toledo en 1532) tienen modificaciones de distintas épocas que atentan contra las leyes de la física y el urbanismo. Donde alguien quiso hacerse un balcón más grande que el de sus vecinos, otra personas se construyó una habitación adyacente que se come parte de la acera, lo cual hizo que otra persona se picara y quisiera hacerse una planta entera sobre el edificio para ganarle altura a la ciudad. Todos los suelos están hechos de losas enormes de balsalto negro, pulido de tanto pisarlo, incómodo y peligroso, que hace temblar a las motos como un toro mecánico. Y la basura, siempre basura esparcida o en bolsas transparentes, charcos de limonada de los puestos callejeros. Es una suciedad que llega a ser indiferente porque en realidad es coherente con el medio, incluso puede evocar una época anterior, más cerda pero más pura. Un glorioso caos.
Vivir cerca de un volcán en activo te otorga una visión más ligera de la existencia. Supongo que allí donde la muerte tiene más presencia, la vida tiene más importancia.
Cada ciudad tiene su medio de transporte predilecto: Venecia las góndolas, Ámsterdam las bicis, Marrakech las sandalias. Nápoles tiene la moto. No he visto tantas motos y una conducción tan temeraria en mi vida. Pasan zumbando, cuando no pitando treinta veces desde el fondo de la calle, como un correcaminos enfarlopado. Cada mañana, cuando sales de casa, tienes que mentalizarte de su presencia y al final del día has desarrollado un instinto napolitano para esquivarlas. Temes por tu vida cuando te paras ingenuamente a fotografiar uno de los miles de altares religiosos y se te cuela una moto entre el objetivo y la virgen, como una rata furiosa, pero acabas temiendo más por la suya, porque prácticamente nadie lleva casco en el centro –y quien lo lleva, nunca se lo abrocha. Aquí prima la estética y la chulería antes que la seguridad, la seguridad en uno mismo antes que las medidas de seguridad.
Es la misma chulería que tenían “los mayores” de mi pueblo cuando era pequeño y aún no era obligatorio llevar casco. Estos pre-canis (hablo como el guía de Pompeya sobre los romanos) preferían arriesgar su vida antes que estropearse el peinado. Sin duda, vivir cerca de un volcán en activo te otorga una visión más ligera de la existencia. Supongo que allí donde la muerte tiene más presencia, la vida tiene más importancia. No en vano, fueron los romanos, con su esperanza de vida de 35 años, quienes inventaron el concepto del carpe diem. Estoy seguro de que fue un antiguo napolitano quien lo acuñó y, muy probablemente, acabó tatuado en el cuello de alguno de “los mayores” de mi pueblo, para ser leído por un guardia civil antes de cerrar la bolsa térmica que envuelve el cadáver con el cráneo abierto, después de un accidente de moto. Pero eso sería en Valencia, en Nápoles no vimos ningún accidente.
Sí que vimos mucha pobreza, en la ropa vieja y pasada de moda, en las infraestructuras ruinosas y el transporte público impuntual. Una pobreza casi equitativa en toda la ciudad, salvo en el Vomero, el barrio rico al otro lado de la montaña (menos rico que el de cualquier ciudad española pero bastante más hermoso que la mayoría). Y la pobreza profunda de los que piden en la calle y en la puerta de los supermercados, que no son más que los que hay en Madrid, solo que gracias al gobierno de la limpieza ya no tenemos que verlos en el centro, han sido sustituidos por bolardos y bancos de granito, más agradables a los ojos del turista.
Nápoles es una ciudad que venera su propia decadencia con espectacularidad y dramatismo. No hay McDonald’s, no hay Starbucks, no hay una calle con tiendas de Inditex y yogurterías, no existe esa invasión de franquicias. Cada rincón es la constatación de por qué preferimos siempre lo viejo y auténtico frente a lo nuevo e impersonal.
Su identidad se basa en el reconocimiento de sus propios defectos y una nostalgia brutal por su antigua gloria. Los napolitanos prefieren mantener su ciudad vieja con tal de impedir que la estandarización con la que se paga la globalización la haga desaparecer. Cada rincón es la constatación de por qué preferimos siempre lo viejo y auténtico, el resultado de la paciencia y la artesanía de un ritmo de vida perdido, frente a lo nuevo, frío, impersonal, peligroso. En Nápoles no hay McDonald’s, no hay Starbucks, no hay una calle con tiendas de Inditex y yogurterías, no existe esa invasión de franquicias que se meten hasta la cocina de los edificios históricos para crear copias idénticas en todos los centros históricos de las ciudades europeas, con tal de que el turista no se vea retado a probar, pobre de él, nueva comida, decidir si está de acuerdo con el precio de un producto artesanal o leer la carta de un restaurante en un idioma que no conoce. No es una ciudad cómoda para el turista porque explota su idiosincrasia pura, sin adulterar. Si alguien te dice que Nápoles es sólo Pizza, Pompeya y Quartieri Spagnoli, te está diciendo que es muchísimas cosas.
Ahora sabemos que cada vez llegan más turistas, algunos en vuelos low cost, como nosotros –por cierto, ya no tan low cost pero siempre low quality– y muchos otros en cruceros cargados con tres mil octogenarios y familias desorientadas que recorren la ciudad en un día tratando de captar algo de su esencia (probablemente vean un par de iglesias preciosas, pizza frita y mucha basura). Pido perdón a la ciudad de Nápoles por los desajustes que hayamos podido causar, especialmente a las chicas de trece años sin casco encima de una moto a las que hayamos obstaculizado el paso, y espero que hayamos contribuido positivamente con nuestro dinero en efectivo a su economía sumergida, al suave deterioro de los edificios históricos y al pulimiento de sus losas de basalto. Y le pido a San Gennaro que siga licuando su sangre para proteger la pureza de Nápoles, para que nunca se rinda a las peligrosas garras de lo cuqui y de la estandarización cultural.
En serio, ragazzi, tenéis que ir. Mejor dicho, no vayáis nunca.







